Historia

"Hombres con pelos en la cara"

Siempre ha llamado la atención el hecho de que los ejércitos conquistadores, que no pasaban de unos centenares de soldados, pudieran vencer a masas de miles de indígenas.

autor: www.lamochila.com.uy
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Estos son algunos de los factores que lo explican.

En primer lugar, la superioridad tecnológica de los europeos. Todos llevaban espadas de acero de un metro de hoja, afiladísimas por los dos lados, que abrían heridas enormes en los cuerpos desprotegidos y a veces desnudos de los indios. Algunos manejaban ballestas, que disparaban con gran fuerza flechas cortas y gruesas. Unos pocos poseían armas de fuego, arcabuces y más tarde mosquetes, muy pesados, lentos de cargar y de poco alcance (uno 120 metros), que funcionaban con mecha, de modo que la lluvia impedía el uso de estos primitivos fusiles.

La artillería fue muy escasa y estaba compuesta por cañones de bronce de diverso tamaño, que lanzaban balas esféricas de piedra o de hierro. Más mortíferas eran cuando se cargaban con metralla formada con pedazos de metal, pero su alcance no pasaba de unos pocos cientos de metros.

El efecto de las armas de fuego era sobre todo psicológico. Los indios, especialmente al principio de la conquista, quedaban aterrorizados por aquellos instrumentos que arrojaban rayos con un tremendo ruido, mientras el olor a azufre de la pólvora era semejante al del humo de los volcanes, como lo sintieron por ejemplo los aztecas.

Puede decirse que más importante que arcabuces y cañones fueron los caballos, animales desconocidos por los indígenas americanos. Eran corceles de guerra, entrenados para atropellas y pisotear al enemigo. Además, el hecho de manejar la espada de arriba abajo, desde lo alto del caballo, duplicaba la fuerza de los golpes, sin olvidar la gran rapidez y movilidad que tenían los jinetes.

No es de extrañar que un soldado a caballo valiera por varios infantes y que estos animales se vendieran a precios fabulosos. Los españoles también traían grandes perros de combate, muy feroces y acostumbrados a detectar con su olfato a los indios escondidos. Solían estar protegidos con carlancas y collares con pinchos para evitar que los nativos los estrangularan en la pelea.

Todas estas –incluso caballos y perros- eran armas de ataque; las armas defensivas también tuvieron gran importancia. Al llegar a América muchos de los conquistadores tenían armaduras de acero, cuyas piezas principales eran el casco, que protegía la cabeza y cara, y la coraza que cubría el pecho y la espalda. Pero como las primeras regiones descubiertas –el Caribe- eran muy húmedas y lluviosas, estas armas se herrumbraron al poco tiempo, hasta quedar inútiles. Para peor, calentadas por el sol tropical, resultaban insoportables.

Por eso se adoptó al poco tiempo una defensa propia de los indios: el escaupil, una especie de chaqueta larga rellena de algodón, de tres dedos de gruesa, donde se clavaban flechas sin alcanzar a herir al combatiente. Fueron usadas también en el Río de la Plata, lo mismo que las cueras, túnicas hechas con pieles recias de animales como el tapir. Y nunca dejó de emplearse la rodela, pequeña escudo que redondo que se llevaba en el brazo izquierdo.

Pero no sólo la superioridad de las armas dio la victoria a los españoles. Hay que tener en cuenta la buena organización y disciplina, lo mismo que las tácticas de combate perfeccionadas en las guerras de Europa. Y, sobre todo, lo que llamamos ahora fuerzas morales.

Convencidos de que Dios, la Virgen y los santos los defendían y combatían a su lado, los españoles tenían una confianza inquebrantables en sí mismos.  Muy diferente era la situación de los indígenas. En varias de sus culturas, las leyendas anunciaban el regreso de los dioses para tomar posesión de sus tierras; así los aztecas creyeron a la llegada de Cortés que la profecía se estaba cumpliendo, lo que provocó entre ellos pesimismo y desánimo.

Cuanto más desarrollada era la cultura nativa, más obraban en ella estos y otros factores de debilitamiento. Los pueblos más primitivos fueron, pues, lo que opusieron mayor resistencia a la conquista; así fue el caso de los charrúas.

Pero en todos los casos obró un elemento decisivo: la sorpresa. No tenemos más que imaginar lo que sentiríamos si viéramos bajar entre nosotros a un ejército de extraterrestres provistos de armas desconocidas y poderosas, y con aspecto monstruoso. Todo resultaba insólito para los indios: veían unos seres vestidos de metal, subidos sobre enormes animales, llevando unos tubos que lanzaban rayos, y con sus rostros pálidos cubiertos de barbas. Así entendemos los insultos que les gritaban los nativos de la costa venezolana al verlos desembarcar: “¡Vagabundos, haraganes, ladrones, hijos de la espuma del mar, hombres con pelos en la cara!”.  

Enciclopedio escolar uruguaya, ediciones Banda Oriental.
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