Artigas en Paraguay

Artigas se había retirado de nuestro país al fracasar sus ideas libertarias.

autor: www.lamochila.com.uy

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Desde 1820 vivió en Paraguay. Esos últimos años de su vida están llenos de misterio y de informaciones contradictorias, muchas de las cuales los historiadores todavía no han podido aclarar. Falleció en compañía de su amigo y servidor Ansina, el 23 de setiembre.

Te ofrecemos algunos fragmentos del libro Artigas, de Jesualdo Sosa:

Su pedido: “ya soy un hombre muerto, hay que dejarme quieto aquí”, que le hiciera a su hijo cuando intentó llevárselo a su patria, era ya el testamento del hombre que presiente su fin. Lo que quedaba en ese entonces de la tan recia figura era apenas un hombre de mediana estatura, delgado; conforme a la costumbre de aquel entonces, no usaba barba; de largos rizos blancos; que vestía siempre un poncho paraguayo, “paraí”, y un “carandaí”, sombrero de paja, alto. Andaba a menudo a caballo y por la chacra de López a pie con un bastón largo y rústico. Le bastaba un poco de agua y de mandioca; estaba resignado y sereno en su último tramo.

Cuando advirtió el domingo 22, que algunas personas le rodeaban para trasladarlo a la casona de López, para una mejor atención, se rebeló de nuevo, casi como antaño:

-“¡Yo no debo morir en la cama, sino montado sobre mi caballo! ¡Traigan al Morito que voy a montarlo!” Pero habrían de ser estas casi de las últimas expresiones de su poderosa libertad interior. Porque al amanecer del lunes 23, su fiel negro Joaquín comprobaba con espanto, que Artigas expiraba en silencio, con sus ojos lejanos como todo lo suyo.

En la mañana del día siguiente, un carretón sin toldo, arrastrado por bueyes, traqueteando, llevó su cadáver desde el rancho hasta la fosa del camposanto de los insolventes... “tercer sepulcro del número veintiséis del cementerio general... un adulto llamado José Artigas, extranjero...”, anotó el cura enterrador. Lo acompañaron algunas personas de buena voluntad, esclavos y el negro Joaquín, que lo lloró con lágrimas centenarias.

Seis años después, unos hombres graves, vestidos con levitas y sombreros de copa, trajeron sus restos de la Asunción y los depositaron en la Aduana de Montevideo; todavía tristes peripecias: el acre rescoldo de un galpón en la Isla de las Ratas, frente al puerto, hasta que vinieron a dar al Panteón Nacional, en medio de algo y recogido sentimiento patriota. Era lo justo. Por otra, su viva presencia, por lo menos, ya no podía inquietar a nadie, nunca más.
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